AMANECERIGOR NAVARRO
Juan Ortega miró las ronchas de sus manos. Sintió pena por su existencia mientras sostuvo la bandeja con el maíz pilado. Se atrevió a contemplar su sombra para ver en su silueta aquel relleno negro libre de malformaciones. Por un momento suspiró aliviado. No obstante, el vil recuerdo de sus cicatrices volvió para condenarlo a la infelicidad.
Gotas caen del techo de zinc que cubre el corredor. Esa suerte de construcción casi rupestre comienza a torturar la paciencia de Aleja. Las láminas no tardarán en venirse abajo – piensa, cuando corta los racimos de topocho que yacen de las plantaciones traseras.
Mary Pili aparece de nuevo en los sueños de Carlos. El chubasco mañanero le ha despertado con la resaca de la noche anterior. Maldice el sonido de las gotas, el tararear de de las guacharacas, el berrinche de los loros mojados y la algarabía de las gallinas que se aglomeran para probar el maíz recién servido en las bandejas.
Han pasado ya dos años desde que Pacheco se fue y Zuleima aún resiente la traición. No se identifica con la cara del hombre que, ahora, amanece a su lado cada mañana. Siente en sus tetas la temperatura febril del recién nacido postrado en sus brazos. Ni los lácteos de su cuerpo han permitido alterar el aspecto famélico de la criatura. Se estremece ante un fuerte ronquido que Ramón echa al aire cuando cambia de postura entre las sábanas.
Es la mañana del sábado. Marzo está en su etapa cumbre. Los Ortega amalgaman sus desdichas mojando las conchitas de la arepa en un tazón de suero con queso. Tragan grandes pedazos con resignación. Disimulan con risas su dolor. Cubren con parches fantásticos las filtraciones. Usan la imaginación para pintar un corredor lleno de helechos. Deducen que, como siempre, la semana termina pero el olor a bosta y la fetidez de las penas continúa.
Gotas caen del techo de zinc que cubre el corredor. Esa suerte de construcción casi rupestre comienza a torturar la paciencia de Aleja. Las láminas no tardarán en venirse abajo – piensa, cuando corta los racimos de topocho que yacen de las plantaciones traseras.
Mary Pili aparece de nuevo en los sueños de Carlos. El chubasco mañanero le ha despertado con la resaca de la noche anterior. Maldice el sonido de las gotas, el tararear de de las guacharacas, el berrinche de los loros mojados y la algarabía de las gallinas que se aglomeran para probar el maíz recién servido en las bandejas.
Han pasado ya dos años desde que Pacheco se fue y Zuleima aún resiente la traición. No se identifica con la cara del hombre que, ahora, amanece a su lado cada mañana. Siente en sus tetas la temperatura febril del recién nacido postrado en sus brazos. Ni los lácteos de su cuerpo han permitido alterar el aspecto famélico de la criatura. Se estremece ante un fuerte ronquido que Ramón echa al aire cuando cambia de postura entre las sábanas.
Es la mañana del sábado. Marzo está en su etapa cumbre. Los Ortega amalgaman sus desdichas mojando las conchitas de la arepa en un tazón de suero con queso. Tragan grandes pedazos con resignación. Disimulan con risas su dolor. Cubren con parches fantásticos las filtraciones. Usan la imaginación para pintar un corredor lleno de helechos. Deducen que, como siempre, la semana termina pero el olor a bosta y la fetidez de las penas continúa.